La ciudad de Numancia

 

Las actuales ruinas de Numancia se hallan en Garray, 8 Km al norte de la ciudad española de Soria, y pertenecen a la población que construyó Augusto tras la destrucción total del anterior asentamiento celtíbero. Sin embargo, todos los estudios realizados indican que esa zona ya tuvo pobladores, como mínimo, desde la edad de bronce.

 

Índice

 

Antecedentes históricos

En el año 154 a.C., en la Península Ibérica, Roma debe enfrentarse a dos problemas, representados por la tribu celta de los lusitanos y la confederación de los celtíberos, entre los que destaca la tribu de los arévacos. Las guerras contra ambos pueblos son paralelas, aunque en raras ocasiones se relacionan entre sí.

La atracción que sentían los lusitanos por las ricas tierras del valle del Betis, que venían saqueando desde antiguo, y las presiones de todo tipo a las que los sometía Roma, fueron a la larga la causa del choque decisivo.

Un gran ataque lusitano-vetón provocó finalmente la guerra. A pesar de los éxitos iniciales de los lusitanos, las tropas de la Ulterior, al mando de Mummio y después de Marco Atilio, rechazan a los invasores y los obligan a pedir la paz, aunque ésta será muy inestable.

Al mismo tiempo, en la Citerior, se disputa el valle del Jalón, camino natural desde el valle del Ebro hacia la meseta. La tensión desemboca en guerra cuando los habitantes de Segeda, ciudad situada en la citada vía, se niegan a abandonar la construcción de una gran muralla que los romanos consideran una violación de los tratados de Sempronio Graco. En consecuencia, el cónsul Fulvio Nobilior recibe la orden de atacar, penetrando en la Celtiberia con un poderoso ejército y dirigiéndose hacia Numancia, capital de los arévacos que se había alzado en apoyo de Segeda, acogiendo a sus pobladores.

 

 

Primer asedio de Numancia

Cuando Fulvio Nubilior intenta asaltar Numancia en el año 153 a.C., contaba con un nutrido grupo de elefantes que, a la postre, fueron la causa de su deshonrosa derrota, ya que los numantinos los asustaron empleando toros embreados, lo que ocasionó una gran confusión en las filas romanas, momento que aprovecharon para contraatacar y destruir totalmente al ejército romano. La derrota fue tan humillante que la fecha del 23 de agosto, fiesta de las Vulcanales, fue considerada nefasta en Roma.

A pesar del triunfo obtenido, Numancia solicita la paz aunque Nobilior la rechaza. Sin embargo, para solucionar el problema celtíbero, Roma modifica su ley electoral y nombra cónsul para el año 152 a.C. a Claudio Marcelo que, siguiendo la política de Graco, logra por medios pacíficos que los arevacos le ofrezcan su sumisión, que acepta, aunque les exige una importante contribución de guerra, pero reconociéndoles plena autonomía. Aunque Escipión se manifiesta en contra, el Senado confirma la paz, que se prolonga hasta el 143 a. C.

El año 151 a.C. suceden a Claudio Marcelo el cónsul Lucio L. Lúculo y el pretor Galba que, presionados por el partido belicoso romano, rompen los tratados de paz y realizan matanzas entre los lusitanos y vacceos. Ello propicia el levantamiento de Viriato, excelente estratega lusitano, que mantiene en jaque a los romanos durante ocho años.

A pesar de las victorias obtenidas, los lusitanos piden la paz, momento que aprovecha el cónsul Cepión para comprar a los negociadores, que asesinan a Viriato. Como consecuencia, la ya muy debilitada resistencia se derrumba y Decio Junio Bruto finaliza con la sublevación, integrando a los lusitanos dentro del dominio romano.

 

Destrucción de Numancia

Parece ser que durante el año 144 a.C. Viriato había solicitado la ayuda de los celtíberos, y éstos se habían mostrado dispuestos a dársela, lo que propició que Roma considerara rotos los acuerdos, pasando al ataque durante el año siguiente.

En los años posteriores, los ejércitos republicanos fueron ridiculizados una vez tras otra, por lo que, el 137 a.C. Mancino firma un tratado de paz reconociendo plena autonomía a los celtíberos; sin embargo, el Senado rechaza el acuerdo y, tras un breve período de tregua, el 134 a.C. decide terminar definitivamente con Numancia, principal foco de resistencia celtíbera. Para ello, en contra de la ley electoral, se nombra cónsul a Publio Cornelio Escipión Emiliano, destructor de Cartago.

Emiliano llega a Hispania rodeado de un selecto séquito de consejeros y ayudantes (Yugurta, Polibio, Mario, Cayo Graco, etc.) iniciando rápidamente la preparación de su ejército, formado por unos 60.000 hombres, a los que instruye en las técnicas de asedio y de ingeniería militar.

Inmediatamente, pasa a la meseta y somete a los vacceos, adueñándose de sus tierras ricas en cereales y asegurando así el abastecimiento de su ejército. Luego, se encamina hacia Numancia y, en el otoño del 134, comienza a construir una gran muralla, reforzada por torres armadas con catapultas, alrededor de la ciudad. Pronto, los víveres de Numancia se agotan y, a pesar de los esfuerzos de uno de sus jefes, Retógenes, que llega incluso a burlar el asedio para pedir el apoyo de las poblaciones cercanas, se encuentra sólo con sus fuerzas frente al poderoso ejército romano.

El hambre hace estragos hasta que, agotados por el asedio que duraba ya nueve meses, hacia finales de julio o principios de agosto del año 133 a.C., la mayor parte de sus moradores se suicidan antes de rendir la ciudad, que es reducida a cenizas y declarada maldita por los romanos.

Así fue como nació la leyenda de Numancia que, a través de los siglos, ha permanecido como ejemplo de valor y heroísmo sin límites. No en vano, el calificativo "numantino" se aplica a quien mantiene una actitud de aislamiento y resistencia a ultranza e incondicional ante el exterior.